Santiago, 21 de diciembre de 2025
Mis queridos viejos y viejas, siguiendo con la tradición de todos los años, he querido enviarles un
afectuoso saludo navideño, pero con una especial significancia dado lo difíciles momentos que están
viviendo. Es por eso que más allá de su dimensión religiosa, la Natividad nos invita nuevamente a
profundizar sobre el sentido de nuestra humanidad, y de cómo los valores inherentes a la misma
se expresan en el caso de ustedes. La “solidaridad”, entendida como la capacidad de identificarnos con
las necesidades del otro, simplemente no ha existido. Ni mucho menos la “reconciliación” a través del
“perdón”, y que, de acuerdo a Hannah Arendt, representa la única forma de acción que rompe el ciclo
interminable de venganza y resentimiento, creando la posibilidad de un nuevo comienzo (Arendt, 1958,
“La condición humana”). Porque el perdón no es debilidad, sino fortaleza moral.
Por último, está la “compasión”, entendida como “sufrir por el otro”, y que nos remonta a lo más
sagrado que tiene el hombre: su dignidad, porque estas fiestas nos recuerdan que la encarnación de Dios
en Jesús (lo humano) diviniza la humanidad, convirtiéndola en un fin en
sí misma y no solo un medio. Por desgracia, tampoco ha existido compasión.
Sin duda que no es esta la Navidad que me hubiese gustado para ustedes.
El año ha sido muy duro, y han vivido en carne propia el límite superior del maltrato estatal, que ya no
tiene vergüenza ni perdón por todo el mal que les ha causado, acrecentándose este dolor durante el
último tiempo gracias a las medidas arbitrarias e ilegales que han sido adoptadas por ese mismo Estado
indolente, y que son utilizadas como “armas” para colmar un odio infinito de una parte de sus
operadores, más aun, ahora, cuando las urnas han hablado fuerte y claro, y le han “dado la espalda” a
ese sueño revolucionario de la ultraizquierda.
Mis valientes patriotas, no quiero parecer agorera en estos momentos tan especiales e íntimos, de
reflexión y encuentro con los seres queridos, pero ustedes me conocen y saben que no voy con “medias
tintas”. Hay mucho que esperar, pero probablemente, poco que materializar. Es cierto, hay motivos para
creer, aunque ahora mismo cueste verlos. Y es evidente que esta miopía parece ser una sabia consejera
de la razón, porque finalmente sabemos que las “presiones” y la inevitable “transaca política”
probablemente hará que los añorados sueños de libertad sean sólo para algunos, pero no para todos. Los
que queden, serán los chivos expiatorios de un sistema de justicia fracasado. Para mí, nuevos héroes que
nuestra historia sabrá reconocer y cuyos nombres serán recordados con orgullo y pasión.
Mis viejos y viejas queridas, les pido que no olviden que la magia de la navidad está en el aire, y solo
eso necesitan ustedes para celebrar, porque no importa lo que hay debajo del árbol, sino quien está
reunido a su alrededor.
Podrán quitarles sus cosas, destruir y alterar lo que habían transformado en su hogar, intentar
doblegarlos para quebrarlos emocionalmente empeorando sus condiciones carcelarias, pero no podrán
jamás privarlos de ese aire que alimenta ese “espíritu noble” que ustedes tienen, fuerte y resiliente, y
que los mantiene unidos, con la frente en alto y el honor intacto ante la adversidad.
Yo por mi parte, tengo puesta la mano en el arado y no pienso mirar hacia atrás. Mi objetivo lo conocen
y saben que guía mi camino. La injusticia para mí, es intolerable. Lo quiera o no, ese es mi hado. Por
eso, no me detendré ante las piedras de la traición ni los surcos de la hipocresía que pretendan desviar
mi senda, porque “La viña es del Señor, no nuestra. Y Dios espera los frutos de su viña de aquellos que
ha enviado a trabajar en ella” (Mateo, 21:33-43). Por lo demás, los “lobos con piel de oveja” que hoy
pululan frente a ustedes, sucumben ante la parábola que dice “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo,
7:16-20).Ustedes, mis viejos y viejas, esta noche de Navidad y Año Nuevo, estarán presentes en mi corazón;
pero saben que para mí eso no basta, por eso les pido que no olviden jamás que mi mente es el puente
hacia el cumplimiento de un designio mayor, y mi voluntad, es el motor para cumplirlo. Tengan por
seguro que mientras me acompañe la salud, la flecha de mi destino seguirá su camino.
Reciban un fuerte abrazo,
Carla Fernández Montero
Abogada

